Todavía me acuerdo: diciembre uno, dos mil doce.

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Aquel diciembre inició al ritmo de consignas y gritos de descontento. Eran las siete de la mañana y al mismo tiempo que la Marea Roja se concentraba en San Lazaro para celebrar su fiesta democrática muchos otros grupos, células, algunas más grandes y otras más pequeñas, más largas unas y más anchas otras, se reunieron en varios puntos alrededor de allí y en el centro histórico: silencio, silencio, silencio, murmullos e impaciencia y silencio y minutos que se van y miradas que pasan de la frustración al encabronamiento y las jetas de pronto como de piedra para responder al Otro frente a ellos, ese al que la cara apenas se le nota porque usa casco y está detrás de esas vallas que, con cinco días de anticipación, instaló el Estado Mayor Presidencial. Todos en sus lugares, las luces puestas; llega entonces, con unos minutos de retraso, el festejado y suena la claqueta. Acción.

Bufones con cámaras y micrófonos se lanzan a sus pies mientras ante él y con él desfila su corte; los aplausos, gritos y demostraciones espontáneas de simpatía de la Marea Roja hacia su Amado Líder, su camisa bien planchada, su traje perfecto y su copete impecable tienen un timing perfecto: son las risas enlatadas de este show democrático que se mueve a un compás tan cursi y solemne como final de una telenovela de horario estelar, con sus momentos emotivos, serios y chuscos bien distribuidos a lo largo de la transmisión; afuera está por empezar otra fiesta: la tensa calma había sido rota ya y de un lado a otro volaban piedras y palos y mentadas de madre; al otro lado de las vallas se mantiene una quietud que es rota de vez en cuando por algún impaciente que contesta piedra con piedra y grito con grito mientras los demás ajustan sus cascos y preparan sus escudos y mastican chicle esperando una señal para iniciar la danza del tolete y la carne. Esperaron como marca el guión, mirando por la valla lo que siempre miran: caras, pelos y ropas, qué tantos son y cómo se mueven; mirando y apretando los puños y pisando con fuerza para alimentar ese odio por sus vidas que van a descargar; mirando tranquilos hasta que ya no.

La señal, que nadie en uno u otro lado conocía, fue esa: un camión de basura secuestrado por algunos de los rebeldes más envalentonados en la Emiliano Zapata avanzando en línea recta contra las vallas; reversa, acomete de nuevo; las molotovs empiezan a asomarse y el rencor y odio de los rebeldes embozados empieza a transformarse en un júbilo que se desbordó en la tercera o cuarta acometida de ese camión de basura convertido ahora en el ariete de los inconformes; se abrió una brecha en las vallas y allí ellos vieron la oportunidad, quizá la primera en sus vidas, de tener una victoria, unita, aunque sea pequeña, pero, también, y sobre todo, porque románticos somos, de ser martirizados con la molotov en una mano y el corazón en otra. Y lo intentaron: intentaron intentarlo pero lo único que alcanzaron muchos fue a entrar a una nube de gas lacrimógeno que avanzaba hacia ellos anunciando la lluvia de balas de goma y toletes y rodillazos y putazos que les obligaron a replegarse, algunos a las barricadas improvisadas allí con contendedores de basura, otros a las calles cercanas; la cosa era esperar un rato para después decidir qué hacer, porque no eran los únicos, no estaban solos: en otros puntos del Distrito Federal hubo choques con las corporaciones de seguridad locales y federales en las que, si bien la intensidad era menor en unos y mayor en otros, el ánimo y la confianza era constante, porque fuimos muchos y hacía tanto que las cosas no habían estado a nuestro favor y eso se le debía, en buena medida a La Vanguardia del 2012, esa que nadie esperaba, ni siquiera ellos mismos, y que, sí, fue decisiva aquel día tanto como lo fue en otros momentos; esa Vanguardia emanada de una universidad privada que prometió que si había imposición habría revolución y que estaba reunida en esos momentos en el Ángel de la Independencia, esperando, como acuartelados, recopilando información, haciendo tiempo, alargando un silencio que se rompió con la lectura de un comunicado: #YoSoy132 condenó el uso de la violencia al mismo tiempo que se deslindó de cualquier acto de vandalismo y provocación y, además, yendo aún más allá, reprobaron estas formas de lucha y resistencia pues dañaban la imagen de su movimiento y pavimentaban la promoción de un autoritarismo “necesario”, ellos, en cambio, seguirían luchando por otros medios y de formas distintas, más inteligentes y más humanas, más efectivas y seguras, como la que ejecutaron allí mismo, mientras el humo y el fuego le daban a Bellas Artes ese encanto decadente que también le sentó: repartir claveles entre los presentes, porque la única vía es la paz. Mientras, en San Lázaro nuestro nuevo presidente ya había jurado defender la constitución, reparar el tejido social y recuperar la paz perdida; mientras, en cuarteles y Ministerios Públicos, en bateas de patrullas y callejones hubo muchos que, ya sin ese muro de contención que fue la pequeña burguesía progresista que era bonita pero no pendeja y pedía sangre tipo Zapata, antes de llegar a la cárcel conocieron el castigo y la humillación. A putazos quedó claro lo que era evidente desde un principio y el entusiasmo no nos dejó aceptar: el ímpetu y garra de aquellos que conocían el verdadero rostro de la policía sólo de oídas era fraseología revolucionaría vacía.

De aquel fin de semana de celebración democrática resultaron un número de heridos que, según la fuente que se consulte, oscila entre los sesenta y cinco y los doscientos, de los cuales uno murió casi un año después; el número de detenidos fluctúa igual. También, claro, resultaron de aquella “jornada histórica” montones de #fotos chingonas de las calles agitadas y los adoquines levantados y #selfies con la palabra revolución estampada en las jetas de la avanzada de revolucionarios chic que aquella noche, pasados nervios y sustos, el mal humor y los berrinches, pudieron dormir convencidos de que estuvieron bien cerca de cambiar al país. Así de cerca.

Del rescate de la imagen de Porfirio Díaz; no se trata de rencor sino de odio.

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El movimiento revisionista que se ha articulado alrededor de la figura de Díaz, capitaneado en buena medida por el grupo de Letras Libres y editorial Clío, tiene algo de positivo: nos recuerda que la historia es un campo de batalla, que no es letra muerta y, sobre todo, que es importante a un nivel político: la historia y sus tentáculos pueden llegar a determinar la aceptación de uno u otro movimiento político. 

Últimamente leo y escucho en muchas espacios, virtuales y materiales, que en tiempos de Díaz hubo un crecimiento en materia de industria y cultura, que el peso no estaba tan devaluado, que la economía era robusta y no se mantenía a flote, que los casos de corrupción se contaban con los dedos (?). En fin, he escuchado chillidos pidiendo, de nuevo, se viva en esta tierra tan golpeada que es México bajo el lema de orden y progreso. Yo sólo puedo pensar, que nada bueno puede venir detrás de esta nostalgia por el orden y la paz. 

Esta sospecha, que puede enunciarse de muchas formas, en mí parte, sobre todo, de una situación mucho más simple y, si quieren, visceral: soy de Veracruz, soy veracruzano y no olvido la matanza de los obreros que pedían jornadas laborales de ocho horas y un día de descanso en Río Blanco, ni que en el barrio en el que viví torturaban a personas levantadas en la leva antes de subirlas al tren para que trabajaran a morir en Valle Nacional. No olvido tampoco las condiciones en las que vivieron las poblaciones serranas durante el porfiriato, ni las muchas matanzas de campesinos en Zongolica, Maltrata y los alrededores del puerto, donde ser negro o indígena era vivir en la frente con el rótulo de ratero y maleante o limosnero; tiempos en los que querer hacer valer la dignidad era igual a firmar una sentencia de muerte. Me niego a olvidar la persecución contra movimientos obreros, anarquistas y comunistas, usando grupos paramilitares en Xalapa y los alrededores, donde los obreros de las fábricas textiles lucharon incansablemente por trabajo y vida digna. No olvido que el crecimiento de Orizaba y Córdoba, el puerto y Xalapa, se pagó con el despojo y la sangre de indígenas y negros; tampoco olvido que esa prosperidad porfiriana se repartía entre los barcelonettes y los latifundistas, los criollos, italianos, parisinos e ingleses que llegaron a habitar la zona centro de Veracruz gracias a que les regalaron cafetales y los excentaron de impuestos durante muchos años.

Claro que hablo desde mi clase social. Imagino que todas estas razones aparecen, como en un espejo invertido, en los imaginarios de los descendientes de latifundistas y patrones, de italianos, ingleses y franceses, como las razones para extrañar a nuestro dictador. Y en ciertas circunstancias especiales, esas mismas razones que aquí no determinan otra cosa que gusto o disgusto, pueden ser las causas de una visita al patíbulo. Y esto último lo celebro: no se trata de rencor sino de odio. 

​La mujer en las letras: Margarita Urueta, por Jorge Cuesta

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Poco ha ayudado al crédito de la mujer en las letras la exigencia social que ha pesado constantemente sobre su carácter: se le ha exigido siempre la simisión y se le ha negado la capacidad de rebelarse. Las mujeres rebeldes han sido juzgadas msculinas, marimachos, infieles a su condición de mujeres. Y, puesto que el espíritu es una rebeldía, no se ha tolerado socialmente que existan mujeres espirituales. Es común en la crítica y en la historia el sentimiento que considera a las mujeres que se distinguen por el espíritu, como poseedoras de un temperamento masculino. No pocos filósofos modernos han fundado su interpretación de los sexos en la idea de que el espíritu no es el temperamento de la mujer. Sin embargo, en el fondo de esta idea, probablemente no se manifiesta sino el deseo masculino de que la mujer no sea espiritual y, al serlo, norme su vida con el pensamiento de que hay en la vida exigencias más importantes que las del hombre. Pues se resiste el hombre a que el espíritu se apodere de la mujer, porque se resiste a despojar a sus sentidos de ella.

No impera menos en la sociedad un sentimiento femenino, que exige al hombre la sumisión al sexo, y que no tolera en él la rebeldía que se origina cuando lo ganan fascinaciones espirituales. Sólo a los muertos se les aplaude la rebeldía, y esto es significativo de que no se tolera que los vivos desoigan los mandatos de la necesidad de sus semejantes. Nunca se ha dejado de ridiculizar y despreciar vulgarmente a los sabios, a los artistas, a los ascetas, que privan a la sociedad de su misión carnal. Y este sentimiento por cuanto se ejerce sobre los hombres, y aún cuando se expresa a través de los hombres, es un sentimiento de la mujer.

Hay tanto derecho para desconfiar del juicio que niega la capacidad intelectual de la mujer, como para desconfiar del que se considera poco viril al hombre que no admite el yugo de las pasiones más inflexibles de la sociedad. El mismo origen tienen uno y otro juicio: se inspiran en la misma necesidad, en el mismo interés. Pero puede advertirse que tiene una mayoría influencia social el que proviene el de los hombres. En las actividades espirituales se han distinguido muchos más hombres que mujeres. Esto no significa sino que ha sido más fácil para los hombres eludir el yugo del sexo opuesto; y no prueba, en una sociedad gobernada por el hombre, que la mujer es más naturalmente sumisa, sino que está más socialmente sometida. Si se juxga marimacho a una mujer que brilla espiritualmente, no es porque falta a su naturaleza, sino porque falta a la naturaleza, al celo carnal del hombre. Y es al hombre a quien hay que conceder menos capacidad espiritual, si se da toda su significación al hecho de que, en la sociedad que el hombre gobierna, una mujer espiritual resulta hombruna y un hombre espiritual afeminado.

En su ensayo El Sino de la Mujer, el doctor Bernardo J. Gastélum, hace notar el papel revolucionario que desempeñó la Iglesia Católica al establecer socialmente el derecho de las mujeres a la castidad, que es una rebeldía del espíritu. Fue esta revolución religiosa a la que se debieron, seguramente, espíritus como Santa Teresa y Sor Juana Inés de la Cruz, que nadie se abstiene de considerar poco femeninos. No obstante, la propia Iglesia ha sido quien se ha encargado de someter a la mujer, oponiendo a la santidad rebelde de la castidad, la santidad sumisa del matrimonio, que es, esta última, la institución que el hombre emplea para asegurarse la incompetencia intelectual de la mujer. Cabría, por lo mismo, no atribuir a la Iglesia católica la emancipación de la mujer, sino a la corriente humanista que conmovió, también profundamente a la Iglesia, aunque sin nunca hacer preponderar, sobre las tendencias prácticas de la doctrina católica, las tendencias revolucionarias del cristianismo. Pero, sea cualquiera el origen de esa emancipación que pudo observarse en los siglos XV, XVI y XVII, y sea cualquiera la extensión universal que alcanzó, hasta para demostrar que la capacidad de la mujer en las actividades del espíritu no depende sino de la capacidad del hombre para tolerarla.

Es tan rara esta última capacidad, que ni siquiera le permite al hombe advertir que es su interés el que quiere que sean considerados como casos anormales, excepcionales, las mujeres que se distinguen intelectualmente. Es penoso para el hombre admitir que una mujer intelectual sea la norma de todas las mujeres; algo dentro del hombre se subleva al concebir sólo la posibilidad; sencillamente, siento inhabitable un mundo en que la mujer intelectual no sería lo insólito, sino lo común; y es que ese mundo, en efecto, no sería el más adecuado para la felicidad del hombre.

Hasta los más distinguidos intelectuales masculinos no se libran de sentir repugnancia por la mujer intelectual; aunque se supone que les interesa más la inteligencia que la mujer. Alguna vez se ha visto que las más respetables firmas de nuestra literatura han opuesto empeñosamente, al tipo intelectual de la mujer, el tipo sentimental de la madre. Esos respetables hombres de letras habrían protestado, gravemente ofendidos, si alguien les hubiera hecho notar que sus propósitos secretos eran santificar la animalidad y mandar al diablo la inteligencia. Pues tan profundo es en la sociedad el sentimiento, que sus raíces ya son obscuras, lo cual le permite hasta pretender que es un sentimiento espiritual.

C omo espiritual se da también el sentimiento que en la litetatura canta la mujer; pero esta espiritualidad no espera que en las obras literarias de la mujer sea glorificado, a su vez, el hombre; espera que también en ellas sea glorificada la mujer. En rigor, esta espiritualidad no se interesa en la mujer, sino en la felicidad masculina, y su canto a la mujer es un canto a los sentidos del hombres. De la mujer y de sus obras literarias, el hombre espera también respeto y la admiración de lo que él siente, no de lo que siente la mujer. Cuando pretende que la literatura de las mujeres sea femenina, no expresa sino su anhelo de que sea un nuvo tributo a su propia embriaguez. Una literatura como la de Sor Juana Inés de la Cruz es juzgada, ineludiblemente, masculina, propia de un marimacho; porque So Juana Inés no se da a la mujer como objeto, no se contempla a sí mismo con los ojos del hombre, no obedece a “la psicología de la mujer”. Y como no se interesa en lo que el hombre experimenta y, en consecuencia, no dirige la atención del lector masculino a su propia vida, sino a lo que está fuera de él, a lo que, para ser captado requiere ser pensado y no exclusivamente vivido, no logra envanecer al lector.

Toda verdadera poesía tiene por efecto llevar al que la escucha o la lee a sentir una felicidad fuera de él mismo, y tiene que fundarse en el desinterés, que es la naturaleza del espíritu. La poesía es una inteligencia incondicionada, que puede llamarse la inteligencia del azar y la aventura. Por esto debe esperarse que será verdaderamente poética la obra literaria de una mujer que se aventura a sorprender, en el alma de la mujer, lo que no se produce en ella a solicitud del hombre, es decir, lo que es imprevisto e inesperado, lo que no tiene por objeto embellecerla. Esta virtud encuentro en un libro que es un primer libro de Margarita Urueta, publicado recientemente con el título Almas de perfil, y al que debo las anteriores reflexiones. En los dos breves relatos que lo constituyen no se encuentra una literatura femenina, sino la manifestación de una auténtica capacidad poética. Incierta, como es, su expresión todavía, inseguro de su estilo y tímida su concepción, en esta obra de Margarita Urueta se anuncia, no obstante, un temperamente inflexiblemente personal y libre, es decir, inflexiblemente poético.

Es fácil que la mirada del lector no salte por encima de ciertas impropiedades del lenguaje, de ciertas vacilaciones en la forma, de ciertas confusiones que son de esperarse en una juventud que, con el orgullo de no sacrificar su personalidad, teme que en la reflexión no se madure la personalidad, sino se pierda. Es fácil que la impaciencia del lector encuentre superficialmente motivos para juzgar que la incoherencia de pensamiento que le resiste en el libro es el producto de una incapacidad, de un abandono de la concepción. Pero esta incoherencia sabe entregar el significado que defiende; en ella se expresa la razón poética del libro, cuyos dos relatos no pretenden más que transcribir el alma incoherente y frenética de dos personajes que están cerca de la muerte, uno, porque se ve próximo a morir; el otro, porque sale de una convalecencia. Y, como están cerca de la muerte, el alma de estos personajes delira, y se siente fervorosamente vivir.

Se recuerda sin querer a los sobrerrealistas que quieren que toda poesía se produzca en virtud de una incoherencia semejante al delirio, al sueño y la locura. Por mucho que esta doctrina choque con el sentido común, no puede ignorarse que el valor de la poesía está en su reserva, reserva de naturaleza semejante a las que, en la locura, en la neurosis y en los sueños el psicoanálisis se preocupa por desentrañar. Data de mucho tiempo la aproximación que se ha hecho entre la poesía y la locura. Aunque, ciertamente, no puede emplearse esta aproximación para despreciar a la poesía, como se inclina a hacerlo un sentimiento vulgar de la sociedad. Por el contrario, de acuerdo con los sobrerrealistas , y gracias a ellos, es posible utilizar esta semejanza nuevamente no para dar un sentido patológico a la poesía, sino para ver el sentido poético de la demencia y despertar la sospecha tradicional de que se debe a la presencia de un dios.

Volviendo al libro de Margarita Urueta, hay que advertir que la incoherencia en que querría versa la disipación de su pensamiento no es sino lo que lo defiende de circular de un modo banal y le permite estar recónditamente a la disposición de un demonio interior. Claro que el sentido común se contraría; pero no hay poesía que no logre contrariarlo. Y como el sentido común es el fundamento natural de la sociedad, cuyos actos están siempre fundados en una próxima evidencia sentimental, es posible, que los dos relatos se sientan como doblemente subversivos, como doblemente ofensivos para la sociedad; pues la sociedad no soporta que en la poesía exista una fascinación más poderosa que ella, y soporta todavía menos que esta fascinación se ejerza sobre la mujer.

Pero en el temperamento de Margarita Urueta la poesía es la más fuerte, y espero que el lector que no se pare en su juventud, en las imperfecciones, en la aspereza personal del primer libro, deberá agradacerle muy pronto una verificación de que la capacidad poética de la mujer es una capacidad del espíritu, una capacidad de la poesía.

El Universal, Primera sección, diciembre 3 de 1934, pp. 3 y 7.

(I) ​Ascensión: txdx lx sxlxdx sx dxsvxnxcx xn xl xxrx

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Llevo días sin poder escribir. Tecleo un par de letras y luego nada. Pero la idea no se va: queda su potencia en mi cabeza, insinuada, incapaz de realizarse en texto. Hace muchos días que no puedo escribir. También pasa a la inversa: hay ocasiones en las que puedo seguir tecleando, pero sin rumbo y la idea se pierde, la intención se agota en sí misma. En ambos casos, el resultados es el mismo: lo poco tecleado me llena de asco, de vergüenza, y por pudor y dignidad lo borro: regresa a la nada a la que pertenece y de la que no debió salir. Llevo días sin poder escribir nada coherente con más de tres líneas de extensión. ¿Cuántos días llevo sin escribir un texto más largo que cientocuarenta caracteres? Soy imbécil y necesito leer las cosas una y otra vez. Una y otra. Y otra vez. Por eso he estado releyendo, de nuevo, Crítica y verdad de Barthes. Por eso y porque además de imbécil soy obsesivo. Por eso y porque llevo días, muchos, en los que la lectura es un premio de consolación porque no sé ya cómo escribir. Muy al final de su texto, uno de los pocos de Barthes que son claros [y aún así: soy imbécil y tengo que leerlo una y otra vez y otra para entenderlo], lanza una idea que parece salida de la nada [una nada distinta a esa a la que pertenecen las pocas líneas pergeñadas en estos últimos muchos días en los que mi impotencia para escribir se ha agudizado] y es tán potente como verdadera: la escritura toda puede ser muchas cosas pero es antes que todo afirmación. ¿Qué clase de afirmación? Esa pregunta, ahora mismo, cuando llevo días sin poder escribir y lo poco escrito va a parar a la fosa común del espacio en blanco, es irrelevante. Lo importante [para mí], es otra cosa: ¿qué clase de afirmación es posible enunciar desde un lugar [yo mismo] estéril, una tierra baldía, un suelo podrido? Ha pasado ya un número indeterminado de días, tantos que las imágenes [mis imágenes], esas metáforas que nos permiten asir el mundo, son cada vez menos claras y pertinentes. Borro. Borro y reformulo [re.vela.ción]: ¿qué afirmación es posible enunciar desde un lugar que no existe ya? Porque es eso: llevo varios días, muchos, una cantidad indeterminada, sin poder escribir porque ese lugar de donde salían las palabras [brotaban, se construían, etc.] no está ya donde estaba y probablemente no esté en ningún lado. Porque para afirmar algo, lo que sea, es necesario partir de algún punto, una certeza pre-existente al enunciado y a la cosa que se enuncia. De pronto ya no estaba. Ya no está. O sí está y me sobrepasa. O sí es y yo ya no. O ni una ni otra y no hay manera de saber nada además de que llevo ya una cierta cantidad de días [¿cuántos?] sin poder escribir una línea que sobrepase los cientocuarenta caracteres, de construir una imagen prudente y contundente, de continuar, iniciar o cerrar una trama porque todo lo que fui [en mi nombre no me reconozco, mi casa no lo es más, quienes estaban ya no, esta calle inclinada que miro y recorro cada día me es ajena tanto como los tonos azul cobalto que se arrastran por el cielo cada tarde] ha sido sustituido por la pura indeterminación. Yo no soy ya yo y hasta el lenguaje que hablo y escribo me aparece extranjero [como costumbres de patria ajena], desencajado [como una máquina que pre-existe a su operador y sólo puede funcionar descomponiéndose], pero, sobre, todo, vivo [y resentido como el viajante que despierta de un sueño para mirar las cenizas que de su patria dejó el fuego]: soy hablado por un lenguaje que sólo puede enunciar la falta y su lógica, que permite sólo enunciados con una sintaxis cuyas reglas [me] escapan siempre, exige una apuesta:         ,       ,        ;        ,   ,     y a condición de renunciar a tomar la palabra, la voz vuelta eco es envuelta en ella, y de lo que fui queda sólo una sombra: hasta lo mineral se desvanece en el aire.

[Hace mucho tiempo que no tomo la palabra. Preferiría no hacerlo]

Nada.

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Buena parte de la prosa del siglo XX, especialmente la norteamericana, tenía como tópico la esterilidad de los tiempos, la falta de potencia poética del presente y que el futuro, el siglo XXI pues, no tenía posibilidad alguna de parir una estrella, entiendo esta como cualquier cosa: un relato capaz de poner orden a un montón de acontecimientos que escapaban a nuestras herramientas de pensamiento y acción, un cambio, para bien o para mal, que con violencia moviera las entrañas de la tierra para hacer de nuestra vida una anécdota digna de transmitirse a otras generaciones o, de menos, el final de la historia (sea en la narrativa de Fukuyama o del mesianismo del comunismo ortodoxo).
Buena parte de la narrativa, pues, del siglo XX se quejaba de que no pasaba nada y nada podía pasar. Y nos compramos este mame y ahora vivimos con el peso muerto de una poesía autocomplaciente que se divierte mirándose el ombligo y una política pigmea, carente de altura y perspectiva, incapaz de articularse para resistir, siquiera, los embates más endebles de la vida cotidiana sobre nuestras pasiones, el primer territorio político que habitamos.
Nos queda aprender a hacernos contemporáneos.

A veces se me antoja ya no valer verga.

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A veces se me antoja ya no valer verga.

Quizá el día en la vida deje de ser un torbellino que arranca mi piel a jirones y salir de la cama sea menos una triunfo de la voluntad y más aceptar la invitación a un juego lleno de posibilidades, será cuando podré cuadrarme ante la página en blanco con la seguridad del contador que sabe que las cifras en su hoja de cálculo no son él mismo y que al finalizar la jornada, tras guardar sus cosas en un modesto maletín y emprender el camino a casa, no carga con esos números en su sombra como un muerto queriendo apropiarse de su vida. Será ese el momento en el que las voces de mis narradores y personajes no serán ya mías y yo por fin seré Uno, distinto, un lugar con límites bien definidos y no, como ahora, un eco, un espacio en el que por accidente chocan otras voces que se repelen y luchan y se traslapan; un nodo, un nudo.

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el grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general

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Estaba dudando entre responder o no a tus acusaciones de que, neciamente, estoy asumiendo como una verdad atemporal el marxismo de Lenin, porque justo, en mi texto, es esa práctica la que denuncio; a menos que existan en mis notas un sentido oculto que no entiendo y va en sentido contrario a lo que, según, dije en sentido literal. Pero no lo creo y, me parece, tampoco tú lo creerás si lo lees de nuevo, con un poco de atención.El otro tema que mencionas en tu comentario, en cambio, creo que si merece una respuesta amplia y rigurosa. Es una pena: pero tendremos que conformarnos, por ahora, con una mas bien incompleta, pero es lo que hay, es lo que puedo dar.

Afirmas que para el marxismo, en general, y para el marxismo soviético, en particular, el tema de la emancipación de la mujer es un problema de segundo o tercer orden porque las prioridades de la teoría y el programa bolchevique son las condiciones de la clase obrera y la forma en la que es distribuida la riqueza bajo el capitalismo; yendo todavía más lejos afirmas que el problema de las condiciones bajo las que vivían las mujeres no está, ni siquiera, conceptualizado en el marxismo y que, incluso, la existencia de organizaciones marxistas de mujeres eran un caso atípico en Rusia y Occidente.
Entenderás que me sorprende leer una afirmación así de tajante sobre el tema cuando, por ejemplo, Marx y Engels afirman en La sagrada familia (1845) que «el grado de emancipación de la mujer es la medida natural de la emancipación general». La cita, así, sacada de contexto, un vicio que veo te cansa, puede sonar apenas como una frase de propaganda, sin embargo, en ese texto hay observaciones sobre las condiciones de trabajo de las mujeres londinenses (¡el 50% de la fuerza laboral) que, de menos, nos hacen sospechar que no es un tema que Fritz y Karl se tomen a la ligera. Si necesitaramos, más o menos de esos años, otro texto que podría darnos una idea de qué lugar ocupa la situación de la mujer en el marxismo también podríamos consultar El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado (1884), donde Engels insinúa la relación entre la aparición de la propiedad privada y el matrimonio monógamo, entre patriarcado y capitalismo.

Suponiendo que esos ejemplos, de textos que no son precisamente irrelevantes, no son suficientes para demostrar que, desde el principio, en el corazón del marxismo hay un interés por el problema de la emancipación femenina y, por esto mismo, siguiera sosteniendo que el tema «no aparece contextualizado» (en la teoría ni en los textos programáticos), ¿cómo explicar la aparición de un texto como La mujer y el socialismo, de Bebel (1883), un año antes de El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado? Por cierto: en la Primera Internacional Bebel y Liebknecht fueron líderes de la corriente marxista y se enfrentaron a Proudhon, quien afirmada que las mujeres tenían dos destinos, o la casa o la prostitución, proponiendo en cambio la igualdad de derechos políticos para ambos sexos; esta discusión sobre la igualdad se repetirá varias veces, en la Segunda y también en la Tercera, en la que Lenin reclamó a la Internacional su machismo, el cual había impedido hasta ese momento la organización de un movimiento de masas de obreras, algo vital para el triunfo de cualquier revolución proletaria.

Estos reclamos, lo mencionaba en mi texto anterior, se convirtieron en políticas publicas del estado obrero una vez que los bolcheviques tomaron el poder: la implementación de guarderías modelo y comedores buscaron liberar a las mujeres del trabajo doméstico, mientras que la legalización del aborto, el divorcio y la abolición de los privilegios de propiedad del que gozaban los varones buscaron poner en una situación de igualdad a hombres y mujeres ante la ley. Esto quedó manifiesto en el programa que el Partido Comunista ruso presentó en 1919:

En el momento actual, la tarea del partido es trabajar en primer lugar, en el reino de las ideas y la educación, para destruir completamente todos los vestigios de desigualdad o viejos prejuicios, particularmente entre la capa más atrasada del proletariado y el campesinado. Sin limitarse sólo a la igualdad formal de las mujeres, el partido tiene que liberarlas de las cargas materiales del obsoleto trabajo familiar y sustituirlo por casas comunales, comedores públicos, lavanderías, guarderías, etc.

Sobre el tercer punto de tu comentario, en el que señalas que las organizaciones de obreras eran cosa rara, es un tema sobre el que debo de leer mucho más antes de tener algo que se parezca a una certeza; sin embargo, creo que hay unos datos que deben ser resaltados: primero, que en 1871 Marx presentó ante la Primera una norma para promover la creación de secciones de mujeres al interior de los partidos y organizaciones obreras de la Internacional; segundo, podría servirnos para darnos una idea de qué tan organizadas estaban las obreras rusas tomar en cuenta la existencia del periódico bolchevique Rabotnitsa (Mujer Obrera), fundado en 1914, que fue financiado, editado y distribuido por las mujeres proletarias (en su corta vida, de un año debido a la prohibición a causa de la revolución de 1915, no consiguió tirar los cien mil ejemplares por edición que sí logró Igualdad, el periódico alemán que dirigió la líder comunista y feminista Clara Zeltkin en 1912).

Claro. Podría ser que tengas otros datos.