Todavía me acuerdo: diciembre uno, dos mil doce.

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Aquel diciembre inició al ritmo de consignas y gritos de descontento. Eran las siete de la mañana y al mismo tiempo que la Marea Roja se concentraba en San Lazaro para celebrar su fiesta democrática muchos otros grupos, células, algunas más grandes y otras más pequeñas, más largas unas y más anchas otras, se reunieron en varios puntos alrededor de allí y en el centro histórico: silencio, silencio, silencio, murmullos e impaciencia y silencio y minutos que se van y miradas que pasan de la frustración al encabronamiento y las jetas de pronto como de piedra para responder al Otro frente a ellos, ese al que la cara apenas se le nota porque usa casco y está detrás de esas vallas que, con cinco días de anticipación, instaló el Estado Mayor Presidencial. Todos en sus lugares, las luces puestas; llega entonces, con unos minutos de retraso, el festejado y suena la claqueta. Acción.

Bufones con cámaras y micrófonos se lanzan a sus pies mientras ante él y con él desfila su corte; los aplausos, gritos y demostraciones espontáneas de simpatía de la Marea Roja hacia su Amado Líder, su camisa bien planchada, su traje perfecto y su copete impecable tienen un timing perfecto: son las risas enlatadas de este show democrático que se mueve a un compás tan cursi y solemne como final de una telenovela de horario estelar, con sus momentos emotivos, serios y chuscos bien distribuidos a lo largo de la transmisión; afuera está por empezar otra fiesta: la tensa calma había sido rota ya y de un lado a otro volaban piedras y palos y mentadas de madre; al otro lado de las vallas se mantiene una quietud que es rota de vez en cuando por algún impaciente que contesta piedra con piedra y grito con grito mientras los demás ajustan sus cascos y preparan sus escudos y mastican chicle esperando una señal para iniciar la danza del tolete y la carne. Esperaron como marca el guión, mirando por la valla lo que siempre miran: caras, pelos y ropas, qué tantos son y cómo se mueven; mirando y apretando los puños y pisando con fuerza para alimentar ese odio por sus vidas que van a descargar; mirando tranquilos hasta que ya no.

La señal, que nadie en uno u otro lado conocía, fue esa: un camión de basura secuestrado por algunos de los rebeldes más envalentonados en la Emiliano Zapata avanzando en línea recta contra las vallas; reversa, acomete de nuevo; las molotovs empiezan a asomarse y el rencor y odio de los rebeldes embozados empieza a transformarse en un júbilo que se desbordó en la tercera o cuarta acometida de ese camión de basura convertido ahora en el ariete de los inconformes; se abrió una brecha en las vallas y allí ellos vieron la oportunidad, quizá la primera en sus vidas, de tener una victoria, unita, aunque sea pequeña, pero, también, y sobre todo, porque románticos somos, de ser martirizados con la molotov en una mano y el corazón en otra. Y lo intentaron: intentaron intentarlo pero lo único que alcanzaron muchos fue a entrar a una nube de gas lacrimógeno que avanzaba hacia ellos anunciando la lluvia de balas de goma y toletes y rodillazos y putazos que les obligaron a replegarse, algunos a las barricadas improvisadas allí con contendedores de basura, otros a las calles cercanas; la cosa era esperar un rato para después decidir qué hacer, porque no eran los únicos, no estaban solos: en otros puntos del Distrito Federal hubo choques con las corporaciones de seguridad locales y federales en las que, si bien la intensidad era menor en unos y mayor en otros, el ánimo y la confianza era constante, porque fuimos muchos y hacía tanto que las cosas no habían estado a nuestro favor y eso se le debía, en buena medida a La Vanguardia del 2012, esa que nadie esperaba, ni siquiera ellos mismos, y que, sí, fue decisiva aquel día tanto como lo fue en otros momentos; esa Vanguardia emanada de una universidad privada que prometió que si había imposición habría revolución y que estaba reunida en esos momentos en el Ángel de la Independencia, esperando, como acuartelados, recopilando información, haciendo tiempo, alargando un silencio que se rompió con la lectura de un comunicado: #YoSoy132 condenó el uso de la violencia al mismo tiempo que se deslindó de cualquier acto de vandalismo y provocación y, además, yendo aún más allá, reprobaron estas formas de lucha y resistencia pues dañaban la imagen de su movimiento y pavimentaban la promoción de un autoritarismo “necesario”, ellos, en cambio, seguirían luchando por otros medios y de formas distintas, más inteligentes y más humanas, más efectivas y seguras, como la que ejecutaron allí mismo, mientras el humo y el fuego le daban a Bellas Artes ese encanto decadente que también le sentó: repartir claveles entre los presentes, porque la única vía es la paz. Mientras, en San Lázaro nuestro nuevo presidente ya había jurado defender la constitución, reparar el tejido social y recuperar la paz perdida; mientras, en cuarteles y Ministerios Públicos, en bateas de patrullas y callejones hubo muchos que, ya sin ese muro de contención que fue la pequeña burguesía progresista que era bonita pero no pendeja y pedía sangre tipo Zapata, antes de llegar a la cárcel conocieron el castigo y la humillación. A putazos quedó claro lo que era evidente desde un principio y el entusiasmo no nos dejó aceptar: el ímpetu y garra de aquellos que conocían el verdadero rostro de la policía sólo de oídas era fraseología revolucionaría vacía.

De aquel fin de semana de celebración democrática resultaron un número de heridos que, según la fuente que se consulte, oscila entre los sesenta y cinco y los doscientos, de los cuales uno murió casi un año después; el número de detenidos fluctúa igual. También, claro, resultaron de aquella “jornada histórica” montones de #fotos chingonas de las calles agitadas y los adoquines levantados y #selfies con la palabra revolución estampada en las jetas de la avanzada de revolucionarios chic que aquella noche, pasados nervios y sustos, el mal humor y los berrinches, pudieron dormir convencidos de que estuvieron bien cerca de cambiar al país. Así de cerca.

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